Te contamos: ¿Qué salida propone la izquierda ante la crisis? ¿Cómo sería el poder de la clase trabajadora y el pueblo pobre? ¿Por qué necesitamos una fuerza política de la clase trabajadora para construir una alternativa de poder?
El Manifiesto
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Escribimos este manifiesto en momentos críticos. El imperialismo quiere tapar su decadencia amenazando mandar sociedades enteras “a la Edad de Piedra”. Un grupo de multimillonarios domina el mundo mientras gran parte de la humanidad se hunde en la miseria, es forzada a la inmigración, perseguida, bombardeada. Vivimos en un sistema irracional, que destruye el planeta y nos lleva a la barbarie.
Argentina es parte de este mundo en crisis. Con Trump cada vez más cuestionado, también Milei se debilita. Reacciona como su jefe del norte: quiere imponer su ajuste de manera brutal y autoritaria. Necesitamos dos o tres trabajos para intentar llegar a fin de mes. Les roban el pan y la salud a las infancias, a los jubilados y jubiladas. Y para quienes resistimos, hay palos y persecución.
Frente a la derecha gobernante, el peronismo se divide entre quienes colaboran abiertamente y quienes denuncian pero no pelean en serio. Su única “lucha” es discutir cargos para las elecciones de finales de 2027. La dirigencia de la CGT, por su parte, actúa como cómplice directo.
No todo es entrega o resignación. En el mundo millones marchan repudiando el genocidio en Gaza, el guerrerismo imperialista de Trump, los ajustes. En Argentina, a pesar de las traiciones y la pasividad de las cúpulas sindicales, hay resistencia. Somos protagonistas quienes luchamos por salario –como la docencia en varias provincias–, contra los cierres y despidos, frente al ajuste en jubilaciones y programas sociales, contra el ataque al colectivo de discapacidad, en la defensa de la educación, la salud y la ciencia públicas, del agua y de nuestros bienes comunes naturales.
Las y los referentes del PTS son cada vez más reconocidos por poner el cuerpo como parte de esa resistencia. En el Congreso y en las calles. Myriam Bregman, Nico Del Caño, Chipi Castillo, Ale Vilca y cada compañera y compañero que ocupa un puesto de lucha. En las encuestas, aparecen entre los principales dirigentes opositores, con niveles de apoyo altísimos. Ese reconocimiento se siente en las calles, con enormes muestras de apoyo y afecto. Se ve en las redes sociales. Y, también, se vio el 24 de Marzo, con miles de personas movilizadas junto a nuestro partido, en una de las columnas más grandes en Plaza de Mayo y en otras ciudades del país. También en el acto del 1° de Mayo, en un estadio de Ferro desbordado.
Queremos que esa simpatía se convierta en organización, en fuerza para cambiar la realidad. Y para eso tenemos una serie de propuestas. En primer lugar, poner en pie comités de base para crear espacios de debate y organización colectiva de las y los miles de compañeras y compañeros que nos acompañan en cada pelea y simpatizan con nuestro proyecto. En segundo lugar, impulsar junto a esos comités espacios de lucha, coordinación y autoorganización con otras fuerzas políticas y sindicales, que nos permitan fortalecer cada lucha y pelear por romper la pasividad que imponen las cúpulas obreras y estudiantiles. Al calor de todo eso queremos impulsar, junto a otras organizaciones que compartan este proyecto, un gran movimiento por un partido de la nueva clase trabajadora, una fuerza política sin burócratas ni patrones, que supere por izquierda la experiencia histórica del peronismo, que levante un programa anticapitalista y se proponga ser una alternativa de poder.
Esta fue la propuesta que hizo nuestra compañera Myriam el 1° de Mayo: “Queremos abrir el debate con todos y todas las que nos apoyan, el resto de las fuerzas del FITU, los sectores de la cultura, el activismo ambiental. Llegó el momento de construir un nuevo movimiento histórico que se organice desde abajo, un movimiento por un partido de la nueva clase trabajadora. De esa clase trabajadora cada vez más precarizada, discriminada, feminizada. Tenemos un programa de independencia de clase, el del FITU. No partimos de cero, pero tenemos que ir por más".
Mientras publicamos este manifiesto, esas propuestas ya empiezan a ser tomadas en sus manos por compañeros y compañeras, como quienes firmaron la carta “Vos hacés falta”, que sigue circulando entre intelectuales, artistas, trabajadores y trabajadoras.
Porque este manifiesto es para debatir con los miles de compañeros y compañeras con quienes nos venimos movilizando, resistiendo y compartiendo conclusiones sobre los gobiernos del PJ y la derecha. Es además un aporte a los debates colectivos que se darán en los comités que ya se ponen en pie en distintas ciudades. Y también para salir a pelear en común la conciencia de cientos de miles que comienzan a ver en la izquierda una alternativa de salida a esta crisis.
Queremos reflexionar juntos: ¿qué medidas debe plantear la izquierda para mostrar una perspectiva opuesta a la decadencia capitalista? ¿Qué hace falta para que la resistencia se multiplique y derrotemos la “miseria planificada” de Milei y el FMI? ¿Cómo evitamos la trampa de un nuevo “mal menor” y cómo respondemos a quienes nos llaman a la unidad electoral con el PJ? ¿Cómo construimos una fuerza política de la nueva clase trabajadora que sea alternativa de poder?
Les proponemos organizarnos colectivamente. Porque nadie se salva solo. Sabemos que no es fácil. Porque cada vez trabajamos más, porque las mujeres ganamos menos, sumamos una doble jornada laboral en nuestras casas y enfrentamos la opresión patriarcal, porque las y los jóvenes intentamos estudiar y tenemos que laburar por dos mangos. Por eso el nuestro es también un llamado a la solidaridad y al compañerismo. A forjar una comunidad que enfrente el individualismo y la resignación. Estamos convencidos de que el tiempo dedicado a la militancia común para cambiar la historia es el tiempo mejor aprovechado de nuestras vidas. El único que prepara otro futuro peleando contra las miserias del presente.
La ultraderecha de Trump y Milei quiere hacer aún más feroz este capitalismo en decadencia. Con la brutalidad guerrerista en Medio Oriente, en Venezuela o con el bloqueo criminal a Cuba encarnan lo que algunos llaman un neoliberalismo autoritario. Gobiernan al servicio de los súper-ricos.
En Argentina, sectores del PJ proponen un “capitalismo regulado” o con “rostro humano”. Es lo mismo que, por ejemplo, plantearon Lula, Evo Morales o Boric en otros países. Pero estos proyectos fracasaron: no resolvieron las demandas populares que los llevaron al gobierno y desilusionaron a millones que buscaban una salida contra el poder económico y la derecha. ¿Por qué repitiendo la misma fórmula obtendríamos esta vez resultados distintos?
El Frente de Todos mostró la incapacidad del PJ para sacar al país de la decadencia. No enfrentó al gran poder económico. Validó en el Congreso la deuda ilegal con el FMI. Reprimió con topadoras y policías a las familias sin techo en Guernica. Retrocedió ante las amenazas de las grandes cerealeras, negándose a expropiar Vicentin. No atacó las ganancias de los grandes empresarios que permitirían resolver cuestiones elementales como la alimentación, la salud, la vivienda o el trabajo. Terminó su gestión con tasas altísimas de inflación por negarse a afectar las ganancias del capital financiero, agrario y de los grandes empresarios. Ese desastre económico y social le abrió el camino a Milei. Hoy ningún sector del PJ propone un proyecto diferente a su último gobierno, del que todas sus alas fueron parte.
La historia argentina muestra que los cambios favorables en la relación de fuerzas con el poder político y económico surgieron de rebeliones obreras y populares. Cuando el pueblo trabajador desbordó los límites que imponían todo tipo de burocracias. Con las rebeliones y grandes huelgas que siguieron al levantamiento del Cordobazo (1969), que volteó a la dictadura de Onganía. Con las jornadas de diciembre del 2001, que echaron a De La Rúa y pusieron en cuestión el avance del neoliberalismo que impuso Menem (PJ). La clase dominante quiere “borrar” de nuestra memoria histórica esas grandes gestas. Nosotros, nosotras, queremos retomarlas pero para llevarlas a la victoria.
La fuerza social de la clase trabajadora en Argentina es enorme: somos más de 20 millones de trabajadores y trabajadoras, somos la clase social que mueve el país. A pesar de estar divididos entre formales, informales y desocupados. Aunque algunos tengamos derechos sindicales y otros hayamos sido abandonados por la dirigencia sindical traidora. Somos los aceiteros y portuarios que hacemos funcionar el comercio exterior. Somos las millones de mujeres que garantizamos la salud, la educación y las tareas de cuidado, con o sin salario. Somos la juventud que pedalea 12 horas diarias para repartir. Todos y todas somos parte de una nueva clase trabajadora que, aun con las divisiones que sufrimos las últimas décadas, hacemos que funcione todo y, con nuestras familias, formamos una poderosa fuerza social mayoritaria que puede cambiar la historia.
Desde el PTS peleamos por poner esa fuerza en acción. Cuando en cada marcha cantamos “paro, paro general”, planteamos una perspectiva: organizar un plan de lucha que culmine en una huelga general política. Una gran rebelión nacional, protagonizada por todo el pueblo trabajador, que paralice la economía. Que hermane en una pelea común a trabajadores formales, informales y desocupados. Que sume a la lucha a las clases medias empobrecidas. A esa perspectiva la llamamos “un Cordobazo del siglo XXI".
Milei retoma el viejo argumento de que para “estimular las inversiones y crecer” hay que darle más concesiones al gran capital. Profundiza el saqueo nacional con un modelo que favorece a mineras, petroleras, al agro y al capital financiero, mientras hunde a una porción enorme del país, acelerando el industricidio, con cierre de empresas y oleadas de despidos. Hoy, frente a la crisis, algunos grandes empresarios se distancian de Milei. El peronismo empieza a hablar en su nombre. Pero los Rocca, los Madanes o la UIA son la gran “burguesía nacional” que viene hundiendo al país, atacando a la clase trabajadora, despidiendo y negociando el saqueo nacional como socia menor del imperialismo. Esa clase capitalista no puede darle ninguna salida a las mayorías populares.
La historia de la decadencia nacional es resultado, justamente, de la dominación de una clase capitalista atada por mil lazos al imperialismo. La fuga de capitales, los dolorosos pagos de la deuda, las ganancias que se llevan las multinacionales y la extraordinaria renta agraria, muestran que el problema no es la falta de recursos potencialmente disponibles para realizar inversiones más urgentes que permitan mejorar las capacidades productivas para satisfacer las necesidades postergadas de la población. El problema fundamental es que el poder económico se apropia de la riqueza que generan millones. Necesitamos un nuevo orden económico, político y social.
Es necesario, en primer lugar, cortar ese saqueo nacional. Solo así surgirán los medios para incrementar la capacidad de crear riqueza, desarrollar infraestructuras fundamentales, dar solución a la crisis de la vivienda y los servicios, construir escuelas y hospitales, modernizar el transporte y garantizar el acceso a la cultura y el esparcimiento.
Hay que transformarlo todo de raíz. Una salida desde la clase trabajadora comienza por tomar medidas inmediatas frente a la crisis, pero no como un fin en sí mismo sino como parte de una transición hacia un nuevo sistema social, donde la propiedad de los principales medios de producción pase a manos de la clase trabajadora y el pueblo pobre.
Ellos quieren que un puñado de millonarios decida el destino de millones. Nosotros buscamos que la clase trabajadora controle y dirija los resortes clave de la economía (banca, comercio exterior, complejos exportadores, energía, industria y otros sectores estratégicos). Esto permitiría una planificación democrática de los recursos nacionales que impulse una reorganización de la producción en función de las necesidades sociales. Que no se base en la entrega de los bienes comunes naturales ni la superexplotación de la fuerza de trabajo, sino que apunte a encadenamientos productivos que eleven la complejidad industrial y tecnológica, preservando los ecosistemas, decidiendo junto a las comunidades, buscando la unidad con los pueblos oprimidos de Latinoamérica y el mundo.
Para avanzar en ese camino, aquí planteamos algunas medidas como parte de un plan de salida a la crisis nacional. Es un programa que queremos ampliar en debate con todas y todos ustedes.
Trabajo con derechos y un salario para vivir como merecemos. Basta de vivir pobres y agotados. Aumento salarial de emergencia. Tenemos que recuperar lo que la clase capitalista nos robó estos años. Cada vez trabajamos más horas, con menos derechos y sin llegar a fin de mes, a pesar de que los desarrollos tecnológicos posibilitarían lo contrario. Con la reforma laboral quieren hundirnos más. Tenemos una solución: reducir la jornada laboral a 6 horas, 5 días a la semana, y repartir las horas entre todas las manos disponibles. Si eso se hace en 12.000 grandes empresas –que ganan fortunas– se crearían más de 1.150.000 nuevos puestos de trabajo bajo convenio, con un salario que cubra la canasta familiar y que se actualice automáticamente por inflación. Peleamos, también, por el inmediato aumento de jubilaciones y programas sociales. Los recursos están: impuestos progresivos a las grandes fortunas, a los millonarios. Anulación de ventajas impositivas a los ricos. Para terminar con la precarización hay que empezar por anular la Reforma Laboral y pasar a planta a contratados, tercerizados, monotributistas. Basta de fraude laboral: aguinaldo, vacaciones pagas y licencia por estudio y enfermedad para todos y todas.
Hay que terminar con los cierres y despidos. El PJ denuncia el “industricidio” pero deja pasar la destrucción de las fuentes y puestos de trabajo sin hacer nada, como sucede con Fate. Los empresarios nacionales se suben a los nuevos negocios y descargan la crisis sobre nuestras espaldas. La única clase que puede “defender la industria nacional” es la clase trabajadora, que puede poner el trabajo colectivo y las fuerzas productivas al servicio de toda la sociedad. Para eso planteamos: prohibir los despidos. Tenemos que conocer todos los números en cada empresa: no les creemos cuando dicen que “tienen crisis”. Y si las empresas quieren cerrar o despedir masivamente, dejando familias en la calle, hay que retomar una de nuestras mejores tradiciones: la ocupación y resistencia para evitar el vaciamiento. Como hacen los trabajadores de Fate, que presentaron un proyecto de ocupación temporaria que hasta el momento el gobierno de Kicillof se niega a tratar. Y tomar el ejemplo de Zanon o Madygraf, que producen sin patrones y exigen la nacionalización bajo gestión obrera para poner la producción al servicio de la comunidad. Las luchas por estas demandas son hostigadas por distintos gobiernos. Atacan el derecho de huelga, hacen despidos discriminatorios, reprimen, criminalizan a organizaciones sociales y luchadores. Por eso, el cese de todas estas persecuciones es una de nuestras banderas.
La salud no puede ser un negocio. Con Milei se profundizó el ajuste a la salud pública y se dispararon aún más los precios en la medicina privada. Cada vez más personas se atienden en un sistema de salud público colapsado. Hay que garantizar la salud como un servicio universal. Peleamos por un Sistema Único de Salud, financiado por el Estado, bajo gestión de trabajadores y usuarios, universal y gratuito, sin barreras sociales ni económicas, donde cada quien reciba la atención que necesite. Eso implica, entre otras cuestiones, el aumento de emergencia del presupuesto y los salarios del personal de salud. Y para terminar con el negocio de los laboratorios con insumos y medicamentos, hay que liberar las patentes para la producción pública a bajo costo y accesibles a toda la población. En Discapacidad, peleamos por la cobertura total de tratamientos y prestaciones. También contra el tutelaje y por el efectivo cumplimiento del cupo laboral en el Estado nacional para las personas con discapacidad. Por accesibilidad en los puestos de trabajo, la salud, la educación y el transporte. Peleamos junto a las familias contra los bajos salarios y la precarización laboral de todo el sector.
Plata para educación, no para la deuda y el FMI. La educación está cada vez más en crisis. Todos los gobiernos la ajustaron, los gobernadores lo siguen haciendo. La mayoría de las y los docentes tienen varios turnos o caen en el pluriempleo, haciendo Uber, Rappi o lo que sea para sobrevivir. Hay que unir a la comunidad educativa –trabajadores y trabajadoras, alumnes, familias– para conquistar un salario igual a la canasta familiar y que puedan vivir con un solo cargo; fondos para infraestructura, becas y comedores; basta de precarización laboral: pase a planta de toda la docencia.
Por una universidad de y para el pueblo trabajador. Milei le declaró la guerra a la universidad pública. En estos momentos somos parte de la lucha para que se cumpla la Ley de Financiamiento, exigiendo asambleas y un plan de lucha urgente. Las autoridades universitarias negocian el presupuesto a costa de mantener a docentes y no docentes con salarios de miseria. Por eso, la universidad pública por la que luchamos se basa en defender a quienes trabajan allí; en garantizar condiciones para que todos puedan ingresar, estudiar, permanecer y recibirse; y por una educación pública, gratuita, laica, científica y al servicio de los trabajadores y el pueblo. Para ello peleamos por la democratización de las universidades. Basta de "castas" o subordinación a los gobiernos de turno. Cogobierno de estudiantes, docentes y no docentes, con mayoría estudiantil y representación única docente. Con esas banderas queremos refundar el movimiento estudiantil, retomando sus mejores tradiciones.
Basta de viajar mal: transporte de calidad, gratuito y para todos. La movilidad es un derecho, no un negocio. Empresarios enriquecidos por subsidios y tarifazos, gobiernos que mantienen ese negociado, choferes pobres, usuarios que pagamos mucho, viajamos mal y perdemos tiempo. Peajes que son una estafa y la nafta subiendo. ¿Quién dijo que tenemos que viajar así? Tenemos una solución: nacionalizar el servicio público, apuntando a un sistema multimodal de transporte que sea cómodo y eficiente, que llegue a todos los barrios y sea gratuito. Con las nuevas tecnologías se podrían planificar recorridos, frecuencias y combinaciones según las necesidades reales de la población. ¿Quién lo administraría? Los trabajadores del transporte y comités de usuarios. ¿Con qué recursos? Cobrando impuestos progresivos a las grandes empresas; con los fondos que hoy se gastan en subsidios a empresarios y redistribuyendo fondos que genera el comercio exterior.
Basta de tarifazos. Pleno acceso a servicios esenciales como la energía, el gas y el agua para toda la población. Hay que declarar de utilidad pública el sistema energético, terminar con las privatizaciones y crear una empresa única y estatal de energía, administrada por trabajadores y trabajadoras, técnicos y comités de usuarios. Eso permitiría planificar servicios de calidad y baratos para el pueblo trabajador. Plan de obras públicas para garantizar estos servicios en todo el país.
Basta de gente sin casa, casas sin gente, familias hacinadas y desalojos. En Argentina hay 4 millones de familias en situación de emergencia habitacional y 2 millones de viviendas desocupadas. Hay barrios privados con mansiones de 5 baños al lado de asentamientos precarios construidos sobre basurales. Si alquilás se te va medio sueldo en pagarlo. La casa propia es casi imposible, los alquileres impagables. Todo irracional. ¿Quién dijo que la especulación inmobiliaria es más importante que el derecho a un techo? Tenemos una solución: una reforma urbana integral que empiece por un plan de construcción de viviendas, financiado con impuestos progresivos a la vivienda ociosa, a los pulpos inmobiliarios y la patria contratista; expropiación de los inmuebles ociosos de los especuladores inmobiliarios. Por una nueva ley de alquileres que beneficie a los inquilinos, no a los grandes rentistas inmobiliarios.
Desconocimiento de la deuda ilegal e ilegítima: no seremos una estrella más de la bandera yanqui. Mientras los hospitales y universidades se caen a pedazos, Milei aumenta el saqueo nacional. Con una deuda fraudulenta que pagaron todos los gobiernos y aun así no ha parado de crecer. En 2026 y 2027 hay pagos pendientes por USD 36.000 millones. Una cifra sideral. La historia lo demuestra: la deuda pública externa es un mecanismo imperialista para someter a los países y es, a la vez, una fuente de negocios para grupos capitalistas. Los USD 26.000 millones pagados -solo por intereses- bajo Milei equivalen a seis veces el presupuesto del sistema nacional de salud. Tenemos la solución: el desconocimiento soberano de la deuda fraudulenta e ilegal y la ruptura con el FMI. No faltan, incluso entre quienes cuestionan la deuda, quienes advierten sobre las nefastas consecuencias que pueden sobrevenir de repudiarla. Pero si la alternativa es profundizar la decadencia nacional y el hundimiento de la población como sacrificio en el altar de los acreedores, se impone buscar alternativas. Estas no pasan solo por rechazar el pago de la deuda como una medida aislada, sino que incluyen un programa de conjunto, con medidas como las que señalamos aquí. Esta pelea la tenemos que dar junto a la clase trabajadora y los pueblos oprimidos por el imperialismo, empezando los de América Latina.
Frenemos la fuga de la riqueza nacional. ¿Cómo puede ser que 5 multinacionales del agronegocio dominen el comercio exterior, impulsen la devaluación, hagan estafas contables y especulen con los precios de los alimentos en medio del hambre popular? Hoy el comercio exterior es un monopolio de un puñado de empresas privadas: 50 empresas controlan el 75 % de las divisas que entran y salen del país, un recurso estratégico de la economía nacional. El peronismo con Alberto no quiso enfrentar ese poder: no expropió ni siquiera Vicentin, a pesar de las estafas y delitos. Para enfrentar ese poder del agropower y los grandes exportadores hay que imponer el monopolio estatal del comercio exterior, poniendo su gestión en manos de la clase trabajadora, no de la dirigencia política que sirve a estos empresarios. En medio de la crisis, los grandes bancos y billeteras virtuales siguen ganando fortunas. También son responsables de este saqueo. Se benefician con la especulación, la “bicicleta financiera”, organizan la evasión de impuestos y la fuga de capitales. Y a la población la estafan con créditos usurarios. Son buitres. También hay una salida: nacionalizar el sistema bancario, financiero y de pagos digitales, formando un banco público único, gestionado por sus trabajadoras y trabajadores. Este sistema garantizaría crédito barato para acceder a la vivienda, para los pequeños comerciantes golpeados por la crisis, y cuidaría los depósitos de pequeños y medianos ahorristas.
Basta de saqueo, extractivismo y destrucción. Milei quiere profundizar el saqueo, como lo hicieron otros gobiernos y siguen haciendo los gobernadores, con la concentración y explotación de la tierra, la minería, los hidrocarburos y todos los bienes comunes naturales. Destruyen los bosques, humedales y glaciares, envenenan ríos y ciudades, provocan inundaciones. Al mismo tiempo que somos parte del reclamo de poblaciones y pueblos originarios en defensa del agua y sus territorios, planteamos una perspectiva de fondo. La nacionalización integral de toda explotación de los bienes comunes naturales, para ponerlos bajo control y gestión obrera, debe ir acompañada de la prohibición del uso de sustancias químicas contaminantes y la protección integral de bosques, ríos, glaciares, acuíferos y humedales. La expropiación de la gran propiedad terrateniente y la nacionalización de esa tierra tienen que ser parte de ese plan integral. Una transición post-extractivista debe desmontar, de manera progresiva, las técnicas que producen una mayor amputación ecológica y daño sobre la población. En el marco de la misma deberá discutirse colectivamente, junto a las comunidades que habitan los territorios involucrados, qué utilización de los bienes comunes naturales puede ser viable, con qué técnicas –buscando aquellas que produzcan el impacto ambiental más limitado– y en qué magnitudes –procurando que no alteren de manera irreversible los ecosistemas y/o sean compatibles con su recuperación–.
Por una tecnología al servicio del pueblo trabajador, no de los monopolios y el imperialismo. Hoy la inteligencia artificial, los datos masivos, el software, los satélites, las telecomunicaciones y la infraestructura digital son parte de los nuevos recursos estratégicos. Pero al mismo tiempo están cada vez más concentrados en un puñado de corporaciones que los usan para ganar fortunas en detrimento del bienestar social, precarizando a cientos de miles de laburantes y condicionando la producción, la educación, la salud, la comunicación y hasta las decisiones del Estado. ¿Cómo puede hablarse de soberanía si el Estado, las universidades, las empresas públicas y gran parte de la economía dependen de tecnologías controladas por grandes corporaciones, nubes que pertenecen a las “Big Tech” y sistemas administrados desde el exterior? Argentina tiene científicas, técnicos, programadores, docentes, estudiantes y trabajadores capaces de desarrollar tecnología de alto nivel. Esa capacidad se malgasta entre salarios de miseria, precarización, “fuga de cerebros", dependencia de multinacionales y proyectos privados que se apropian del conocimiento colectivo. Necesitamos un plan nacional de desarrollo científico, tecnológico y productivo, financiado con impuestos a las grandes fortunas y al capital concentrado, que fortalezca la ciencia pública, las universidades e instituciones como el CONICET, el INVAP, la CNEA, el SMN, ARSAT, el INTI, el INTA y la CONAE. Un plan para producir software e infraestructura propia, ciberseguridad, inteligencia artificial auditable y herramientas para la industria, la educación, el transporte, la energía y la planificación económica que estén al servicio de las grandes mayorías trabajadoras y no pensadas en función del lucro de unos pocos. Contra el modelo de las grandes tecnológicas subvencionadas por el Estado, proponemos que la clase trabajadora discuta democráticamente qué tecnologías desarrollar, con qué objetivos y qué límites, considerando también el impacto ambiental de ese desarrollo. En otra sociedad, la tecnología puede servir para reducir la jornada laboral, mejorar la salud, planificar la producción y conquistar tiempo libre para disfrutar la vida. En el capitalismo sirve a la ganancia empresaria, reforzando la explotación y la opresión. Una salida de fondo exige declarar a este sector como estratégico, un plan nacional para desarrollar infraestructura pública propia, establecer el control sobre las grandes tecnológicas extranjeras y discutir la nacionalización, bajo control de trabajadores y usuarios, de toda la infraestructura tecnológica que sea posible dentro del territorio del país. No para reemplazar un monopolio privado por una burocracia estatal, sino para poner esa capacidad tecnológica, logística y financiera al servicio de un plan económico decidido democráticamente.
Contra la corrupción y los privilegios de la casta. Mientras vos no llegás a fin de mes, los que gobiernan para los ricos viven como ellos. La corrupción es inherente a todos los gobiernos capitalistas. Nuestros diputados, en cambio, ganan como una docente y siempre plantean: que los funcionarios políticos, senadores, diputados, legisladores, cobren como un trabajador. Además, todos deben ser revocables por sus propios electores si traicionan el mandato popular.
Rechazamos este Poder Judicial oligárquico y corrupto, que está al servicio del gran empresariado y persigue a la oposición. Que los jueces y fiscales sean elegidos por voto universal. No la proscripción política a Cristina Kirchner. Basta de persecución a todos los luchadores obreros y populares.
Queremos el pan, pero también las rosas. El 45 % de las mujeres que trabajamos estamos en la informalidad. Esto no es un accidente: a las mujeres nos relegan, mayoritariamente, a trabajos que no son calificados, como extensiones de nuestro rol supuestamente “natural” de servir y sostener a otros. El 95 % de quienes trabajan en casas de familia somos mujeres; también más del 70 % en Salud y Educación. Y trabajamos sosteniendo la vida de nuestras familias, gratuitamente. Esa subordinación del trabajo de cuidados le sirve al capitalismo para garantizarse la reproducción de los explotados a bajísimo costo. Por eso se mantienen los estereotipos sexuales y de géneros. La violencia machista, los discursos de odio y la discriminación tienen el objetivo de mantenernos “a raya”, de disciplinarnos. Por eso reclamamos: jardines materno-parentales y espacios de cuidado para todos los hijos de familias trabajadoras con personal idóneo, a cargo de las patronales y el Estado. Obras públicas y todo lo necesario para avanzar en la socialización de las tareas de cuidados y otras banderas históricas del movimiento de mujeres. Cumplimiento efectivo del Cupo Laboral Travesti Trans en todos los niveles del Estado. Pero nuestro feminismo socialista surge de la fuerza de quienes hacemos funcionar el mundo: luchamos por todos los derechos, pero también por transformar este sistema capitalista patriarcal desde la raíz: por el pan y por las rosas.
Estas son algunas de las medidas que proponemos. En anteriores manifiestos y en las declaraciones del Frente de Izquierda Unidad hemos planteado estas y otras demandas. Además, hay otras que levantamos junto a quienes vienen peleando en distintos sectores, como las organizaciones sociales que pelean por trabajo, vivienda, alimentos y los programas sociales, o en la defensa del derecho de la protesta y la huelga, o los movimientos de artistas, trabajadoras y trabajadores de la cultura que se organizan por el derecho de todo el pueblo a producir y disfrutar la cultura. Estas organizaciones, hoy atacadas por Milei, también pelean por sus derechos, por fondos públicos para la producción cultural con autonomía real, infraestructura en los barrios y acceso gratuito a todo el pueblo.
Muchas de estas demandas no encontrarán solución duradera dentro de este capitalismo en crisis. La lucha por hacerlas realidad chocará con la resistencia del poder económico y político. Por eso vamos a necesitar la movilización masiva y combativa, que tiene que ayudar a sacar la conclusión de que tenemos que pelear por un gobierno de la clase trabajadora y el pueblo pobre.
En las llamadas “democracias” capitalistas la “soberanía popular” está cada vez más condicionada por los pactos entre quienes gobiernan y el poder económico. Son democracias para ricos. Los grandes empresarios son los únicos que "votan" todos los días. Ellos resuelven tarifazos, corridas cambiarias o si reducen la frecuencia de los colectivos, mientras millones de laburantes esperan horas para volver a sus casas.
En cambio, el pueblo trabajador decide cada 2 o 4 años. Muchas veces, además, la elección es solo entre los candidatos que imponen los empresarios. Ni siquiera tiene posibilidades de revocar a los funcionarios que traicionan sus promesas de campaña. Además, en la inmensa mayoría de los lugares de trabajo no hay democracia ni libertad alguna: la patronal define qué y cómo se hace. O te echan.
Aunque esta forma de gobierno se degrada cada día más, millones siguen confiando en el sufragio universal como la mejor forma de expresar su voluntad. Ante eso, en el camino de luchar por un gobierno de la clase trabajadora, pelearemos junto a ellos por una Asamblea Constituyente Libre y Soberana, la institución más democrática posible dentro de este sistema. Una Asamblea donde poner en discusión todo: qué hacer con las instituciones o cómo organizar la economía o los recursos estratégicos del país. Enseguida quedará claro: los grandes empresarios no querrán ceder nada de sus privilegios. Si es necesario recurrirán a la corrupción o a la fuerza. Boicotearán cada medida favorable al pueblo que vote esa Constituyente. O apoyarán medidas autoritarias. Por eso, en ese proceso será fundamental impulsar organismos de autoorganización de la clase trabajadora. Esa fuerza podrá defender cada conquista y en esa pelea abrir el camino para luchar por un poder propio.
Por todo esto, un gobierno del pueblo trabajador necesita romper con este régimen y con sus instituciones, que solo sirven al poder económico. Sin romper con esa estructura, cualquier gobierno progresista o popular que llegue por vía electoral se limitará a negociar el ajuste y la entrega nacional, o será un gobierno sin poder.
Terminando con la dominación de una minoría de explotadores, un gobierno de la clase trabajadora y el pueblo pobre será infinitamente más democrático que el sistema actual y cualquier democracia capitalista que haya existido. Las grandes mayorías que hacemos funcionar el mundo seremos quienes tomemos efectivamente las decisiones. El verdadero poder surgirá desde los lugares de trabajo, de estudio, desde cada barrio, con delegados y delegadas discutiendo y decidiendo en asamblea los problemas comunes. Esos representantes serán revocables si no cumplen sus mandatos. Ese sistema político permitiría decidir colectivamente cómo organizar la economía, qué actividades priorizar, qué tipo de desarrollo económico necesita el país, cómo reorientar la producción y distribución para satisfacer las necesidades sociales. Todo el pueblo trabajador autoorganizado podría debatir y decidir qué tecnologías (inteligencia artificial, robótica, biotecnología, etc.) utilizar para esta transformación profunda, ponderando riesgos y necesidades de cada una. Podría contar los aportes de científicos del país y de otros países que se sentirán atraídos por una experiencia no capitalista.
Los intelectuales de las clases dominantes dicen que esto es “utópico”. Pero la actual revolución en las comunicaciones permitiría hacer llegar rápida y fácilmente la información para deliberar a millones de personas. Tomar decisiones comunes será mucho más sencillo que en el pasado. Eso permitiría planificar el funcionamiento social entre todos y todas. Lo verdaderamente utópico es creer que se puede “humanizar al capitalismo”, un sistema basado esencialmente en la explotación de la inmensa mayoría para beneficio de una minoría cada vez más concentrada.
Tenemos un proyecto de poder que se sostiene sobre dos bases. Por un lado, la autoorganización democrática del pueblo trabajador, que incluye recuperar y democratizar las organizaciones sindicales actuales. Junto a eso, la construcción de una fuerza política que pelee por esa salida.
La autoorganización es el camino para empoderar a la clase trabajadora, a la juventud, al movimiento de mujeres, a los movimientos ambientalistas y a todos los que se rebelan. Porque el Estado siempre se ha metido en nuestros sindicatos y movimientos. Porque las burocracias nos traicionan. Porque quieren que deleguemos nuestros destinos en “presidentes”, “secretarios generales” o “triunviratos” que tienen el poder. Que seamos sujetos pasivos de la vida gremial, social, económica y política.
Pero si repasamos nuestra historia, veremos que en cada gran rebelión o revolución surgieron organismos o instituciones de autoorganización del pueblo movilizado. Formas de contrapoder desde abajo, en lugares de trabajo, estudio o barrios. El ejemplo más profundo y conocido fueron los consejos de obreros y campesinos (soviets) en Rusia, en 1917. Existieron muchos otros. Los Cordones Industriales en Chile (1972-1973). Los shoras (consejos) en la revolución iraní de 1979; en un nivel menos desarrollado, las Coordinadoras Interfabriles en Argentina (1975).
¿Por qué son clave? Porque permiten liberar la potencia creadora de millones que no quieren seguir viviendo como viven y quieren ser protagonistas de su propio destino. Porque en la lucha pueden permitir superar a las burocracias conservadoras. Porque, al mismo tiempo, pueden ser la base para construir un nuevo orden político y social.
Hay que alentar ese camino desde ahora. Por eso siempre peleamos por la autoorganización impulsando nuevas organizaciones combativas y democráticas: coordinadoras, comités de lucha, asambleas populares, “autoconvocados” y todo lo que ayude a fortalecer la lucha desde abajo. Buscamos unir sectores, superando los límites por empresa, gremio o movimiento. Por eso venimos impulsando mesas de coordinación en el Gran Buenos Aires, La Plata, Jujuy, Córdoba, Neuquén y otras ciudades. Por ahora son pasos iniciales. Pero queremos que esos espacios sean un punto de apoyo para imponer a las organizaciones sindicales, sociales y estudiantiles la unidad de acción para derrotar cada ataque.
La pelea por la autoorganización está ligada a la pelea por recuperar nuestras actuales organizaciones.
La clase trabajadora hoy está “partida”. Efectivos, contratados, informales, desocupados. Aun así, los sindicatos siguen representando a millones de trabajadores y trabajadoras. La inmensa mayoría están dirigidas por la burocracia: 40 años en sus cómodos sillones, mil traiciones, estatutos para atornillarse en sus cargos. Un “modelo sindical” donde además el Estado puede meterse en cómo funcionan y hasta permitir o no el derecho de huelga. La derecha aprovecha ese desprestigio para “ir por todo” e intentar destruir nuestros sindicatos.
Desde el PTS y nuestras agrupaciones clasistas peleamos por poner en pie nuevas organizaciones, como comités de lucha o coordinadoras, impulsando los procesos de “autoconvocados” frente a las direcciones burocráticas. Pero no les damos las espaldas a las organizaciones que todavía representan a gran parte de nuestra clase. Por eso seguimos “golpeando juntos” cada vez que las direcciones de los sindicatos convocan un paro general o a medidas de lucha, pero “marchamos separados”, con nuestras propias banderas y exigencias a la burocracia. Queremos que miles de compañeros y compañeras que legítimamente quieren unir fuerzas para sus peleas saquen la conclusión, por su propia experiencia, de la necesidad de romper con esas conducciones. A esta política la llamamos “frente único obrero” y es parte de las tradiciones revolucionarias. Por eso, en estos años de Milei impulsamos cada medida de lucha al tiempo que denunciamos la traición de la cúpula de la CGT.
Además, creemos que otros sindicatos pueden desarrollar mayores peleas. Organizaciones como las agrupadas en el FreSu (Aceiteros, UOM, ATE), tienen discursos más confrontativos e incluso han planteado la necesidad de una huelga general, pero al día de hoy no convocaron un plan de lucha. Si llaman a asambleas en lugares de trabajo y gremios, seguramente miles de trabajadores y trabajadoras mostrarán que hay ganas de pelear.
Queremos conquistar delegados de base, comisiones internas y cuerpos de delegados. Y también los sindicatos. Pero no para que sigan tal cual son, sino para transformarlos, revolucionarlos.
Son ideas que hicimos carne en nuestra tradición y hoy pueden servir de modelo. Cómo en Ceramistas de Neuquén (SOECN, que agrupa a Zanon y otras empresas), donde votaron un estatuto que puso la asamblea como principal método de decisión en el gremio y las fábricas; que dio a las minorías representación proporcional en todos los espacios del sindicato; que estableció que los dirigentes cobren lo mismo que un trabajador, vuelvan al trabajo tras un período en su cargo y sean revocables. O sea, que se puedan cambiar por mayoría en una asamblea.
Queremos revolucionar los sindicatos para pelear contra el veneno del “corporativismo”, que nos mete en la cabeza que tenemos que ocuparnos “solo de nuestros problemas”. Por eso abrazamos la unidad de ocupados y desocupados y las rebeliones de tercerizados (ferroviarios, telefónicos, subte, eléctricos, alimentación). Y también la solidaridad con las familias sin techo (Parque Indoamericano, Guernica, inundaciones); con los usuarios ante los tarifazos en el Subte o las empresas eléctricas; con los estudiantes que luchan contra el ajuste.
Estas prácticas nos diferencian muchas veces de otras organizaciones del FITU. Eso no nos impide impulsar acciones y listas comunes en muchos gremios, como recientemente hicimos en el Suteba, recuperando la seccional La Matanza (la más grande de la provincia) y manteniendo Tigre y Bahía Blanca.
Rechazamos la idea de “acá no se viene a hablar de política”. Esa “neutralidad” perdió sentido hace un siglo en el mundo. Más en un país donde la CGT convierte a nuestros gremios en parte del aparato del PJ. Queremos que las y los luchadores obreros hagan política para nuestra clase, no para los patrones. Por eso impulsamos la libertad de opinión política dentro de las organizaciones sindicales, candidaturas obreras en las listas de la izquierda y, como venimos proponiendo, debatir la propuesta de un Partido de Trabajadores, dirigida en primer lugar al sindicalismo combativo, donde tenemos responsabilidad los partidos del FITU y otras fuerzas de izquierda; y a dirigentes y activistas de sindicatos y/o movimientos sociales, que estén dispuestos a abrir debates y luchar juntos por una política clasista y un programa antipatronal.
Con estos objetivos impulsamos el Movimiento de Agrupaciones Clasistas en más de 60 gremios. No para tener “una chapa”, sino porque para construir ese poder de los trabajadores tenemos que hacernos fuertes en los lugares de trabajo y los gremios, peleando por direcciones clasistas. Conquistar posiciones fuertes en empresas, sindicatos, cuerpos de delegados y otros sectores. Nosotros los llamamos “bastiones”, que es una forma de decir que son lugares donde tenemos fuerza y podremos influir decisivamente en los momentos de mayor lucha de clases.
En el movimiento estudiantil, con la Red Nacional En Clave Roja nos organizamos en más de 90 facultades y 30 institutos terciarios, así como la agrupación No Pasarán lo hace en colegios secundarios.
En la universidad buscamos desarrollar la autoorganización, impulsando cuerpos de delegados, interfacultades, asambleas interclaustro, espacios de debate y comisiones por carrera. Retomamos la tradición del Cordobazo, abrazando la unidad obrero-estudiantil. Contra la ideología de los libertarios del "sálvese quien pueda", que fomenta el individualismo y la meritocracia, y la ideología del peronismo de imponer la resignación, nosotros peleamos desde las ideas del marxismo revolucionario para transformar la realidad, por crear comunidad y solidaridad con los trabajadores, por la solidaridad internacional, el antiimperialismo y la lucha colectiva. Es con estas banderas que peleamos por recuperar los centros de estudiantes.
Queremos construir una fuerza política de la clase trabajadora. Una fuerza así sería inédita en nuestro país y permitiría superar a las que dominaron la historia nacional.
El radicalismo (UCR), hace poco más de un siglo, expresó el descontento de las clases medias contra el régimen oligárquico. Yrigoyen permitió la integración de sectores de masas a la vida política, pero también apeló a la represión contra el movimiento obrero combativo. El radicalismo sufrió el primer golpe de Estado en 1930, pero luego apoyó otros, en 1955 y 1976. Alfonsín fue el presidente constitucional postdictadura, enjuiciando a las Juntas militares, pero dejando libres a miles de genocidas con las leyes de impunidad y, también, a las grandes patronales golpistas. De la Rúa hizo un durísimo ajuste económico y terminó echado por la rebelión popular de diciembre de 2001, que quiso detener con una represión feroz.
El peronismo nació aprovechando un momento económico excepcional. Perón pudo otorgar derechos y concesiones a cambio de estatizar los sindicatos y subordinarlos a su proyecto político de conciliación de clases: “armonizar” los intereses entre la clase trabajadora y el empresariado, bajo mediación del Estado. Al poder económico les dijo que era la forma de frenar cualquier proyecto de izquierda o revolucionario en Argentina. Aun así fue derrocado en 1955. Recién lo dejaron volver en 1973, para frenar el ascenso obrero y popular que había iniciado el Cordobazo. Con ese objetivo, además de la represión estatal, apeló a la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina), que asesinó a casi 2.000 luchadores antes de la dictadura que golpeó en 1976.
En 1989, el peronismo volvió al poder con Menem para aplicar abiertamente el neoliberalismo: privatizaciones, apertura comercial, desocupación y miseria. Duhalde vino a “poner orden” tras las jornadas de 2001 y siguió con la represión. Es el responsable político del asesinato de Maxi Kosteki y Darío Santillán.
Tras la rebelión del 2001, el kirchnerismo prometió dejar atrás los aires de rebeldía y “hacer un país en serio”. El buen momento económico permitió concesiones, pero se mantuvieron la mayoría de las conquistas neoliberales (precarización, extranjerización de la economía). Cristina Kirchner reconoció que los empresarios “se la llevaron en pala”, mientras la pobreza estructural nunca descendió del 25 %. La represión nunca se fue; la burocracia sindical tampoco. Lo pueden decir los luchadores y luchadoras del Casino, Mafissa, Kraft, Lear y los ferroviarios tercerizados de 2010, cuando una patota de la Unión Ferroviaria asesinó a Mariano Ferreyra. El Frente de Todos fue la versión decadente que abrió paso a Milei.
El peronismo propuso y propone una estrategia de conciliación de clases, subordinando políticamente a la clase trabajadora a una supuesta “burguesía nacional” que desarrollaría el país. Pero ese proceso no llegó nunca: ni en 1945-1955, ni en los 70, ni con el kirchnerismo. Porque el empresariado nacional cada vez se subordinó más al gran capital imperialista. Por eso se mantuvieron los pactos coloniales, el régimen político de casta y la pobreza estructural.
¿Cuál es la conclusión? Que para cambiar esa historia, necesitamos un nuevo movimiento histórico, un movimiento por un gran partido de la nueva clase trabajadora. Que prepare la inevitable lucha contra los “partidos del orden” que van a defender este régimen. Que se proponga superar por izquierda al peronismo y su estrategia de conciliación de clases, que mediante su aparato político y sindical siempre busca evitar que los trabajadores y trabajadoras irrumpamos en la historia para pelear por nuestros intereses.
Una fuerza política que organice a decenas de miles de trabajadores y trabajadoras, de jóvenes, mujeres e intelectuales, que gane influencia en las calles, los sindicatos, los barrios, los lugares de trabajo y estudio, los movimientos de lucha. Que multiplique las peleas actuales por la autoorganización y la coordinación. Que dé pelea en las batallas político-electorales que propone esta democracia limitada, mostrando una alternativa de poder y donde cada lugar conquistado sea una trinchera de combate. Que levante las banderas de la lucha contra la discriminación, la desigualdad y la opresión de las mujeres y la diversidad sexual. Que batalle contra las ideas dominantes que sostienen este sistema, difundiendo las ideas de izquierda. Que se prepare para los momentos decisivos. Porque las rebeliones y levantamientos seguirán siendo parte decisiva de la historia de la humanidad.
Los poderosos tienen sus partidos, su Estado, sus fuerzas represivas para derrotar esos procesos o desviarlos. Entonces la clase trabajadora necesita el suyo. Una fuerza política que se haya preparado, que haya sacado conclusiones de la lucha de clases anterior, que pueda actuar como un Estado mayor de la lucha revolucionaria, peleando para vencer.
En el mundo crece el rechazo a la prepotencia imperialista de Trump, que está en crisis e impotente ante la resistencia de Irán. También los cuestionamientos internos, que pueden hacerle perder las próximas elecciones. Estados Unidos no es una potencia todopoderosa.
Los últimos años mostraron el fracaso de todo intento de “regular” o “gestionar mejor el capitalismo”. Como la que acaba de terminar en Chile. Como el fracaso del MAS en Bolivia. O del chavismo en Venezuela. Cada una de esas frustraciones preparó las condiciones para la vuelta de la derecha, aún más radicalizada.
La clase dominante, sus grandes medios y sus intelectuales nos quieren convencer que se puede imaginar el fin del planeta, pero no el fin del capitalismo. Que no hay alternativas. Es mentira. Es posible construir una nueva sociedad a nivel mundial. Hoy, frente a la decadencia del capitalismo empieza a levantarse la resistencia: en las masivas movilizaciones en Estados Unidos; en la rebelión de Minneapolis contra la política antiinmigrante de Trump; en los bloqueos de los portuarios italianos contra el genocidio en Gaza; en la lucha estudiantil en Chile contra el ajuste de Kast; en la rebelión obrera, campesina y popular contra el derechista Paz en Bolivia; en el movimiento huelguístico docente en el Estado español; en la huelga estudiantil en Alemania contra el servicio militar obligatorio; en las revueltas y rebeliones contra los planes de ajuste ordenados por el FMI. Son pasos iniciales, pero muy importantes en el camino de la lucha por derribar este sistema.
Nuestro fin es una sociedad socialista. Un sistema donde las decisiones sobre la economía, la política, la cultura sean debatidas y tomadas a nivel colectivo. Una sociedad que utilice la enorme potencia de la cooperación y los desarrollos de la ciencia y la tecnología para terminar con toda relación de explotación. Ese sistema no tiene nada que ver con las versiones totalitarias del estalinismo o del reformismo que ya fracasaron en Europa y América Latina. Esa sociedad permitirá el fin de todas las formas de opresión: el machismo, la homofobia, el racismo y tantas otras miserias que este capitalismo en decadencia perpetúa. La revolución social necesaria para conquistar ese “nuevo orden” comienza en cada país, se desarrolla a nivel internacional y culmina a nivel mundial. Porque el capitalismo imperialista es un sistema mundial y la clase trabajadora es la que mueve todo el planeta. Es un camino difícil, pero mucho más realista que las promesas del “libre mercado” que provee el bien para todos o del “capitalismo humanizado”.
Es necesario luchar por un partido mundial de la revolución socialista. En el camino de esa pelea internacionalista, el PTS es parte de la Corriente Revolución Permanente-Cuarta Internacional (CRP-CI), con grupos hermanos en Estados Unidos, Francia, Bolivia, Brasil, Alemania, Italia, Venezuela, Estado Español, Perú, Uruguay, México, Costa Rica y Chile. Impulsa, además, el Movimiento por una Internacional de la Revolución Socialista junto a grupos que provienen de otras tradiciones de izquierda revolucionaria de Corea del Sur, Canadá, Bélgica y el Estado Español. Somos parte de una fuerza que pelea en todo el mundo por ese horizonte que es terminar con la explotación y la opresión.
Como decíamos al principio, estamos convencidos de que tenemos una gran oportunidad. Que ante la bronca con la derecha gobernante y la crisis del PJ, podemos transformar la masiva simpatía con nuestros referentes en organización militante de miles de compañeros y compañeras. Una fuerza capaz de cambiar la historia.
Allí apunta nuestra propuesta de impulsar ampliamente comités y un movimiento que pelee por un partido de la nueva clase trabajadora. Queremos que el reconocimiento hacia el PTS y las agrupaciones que impulsamos -Movimiento de Agrupaciones Clasistas, Red Nacional En Clave Roja, Pan y Rosas, Contraimagen, CeProDH, Posta de Salud, entre otras- se conviertan en puntos de apoyo para avanzar en esa tarea.
Las batallas que damos desde el PTS las inscribimos como continuidad de las mejores tradiciones del socialismo revolucionario: el que combatió en revoluciones a lo largo del siglo XX y enfrentó el desastre stalinista. También de las enormes tradiciones de la clase trabajadora de nuestro país: la Semana Trágica, la Patagonia Rebelde, la huelga general de 1936, el Cordobazo, la huelga general de junio-julio de 1975, con sus coordinadoras interfabriles. De las puebladas de los 90, de ocupados y desocupados. De la lucha de las fábricas ocupadas que –con Zanon, Madygraf y otras experiencias– mostraron que podían funcionar sin patrones. De las luchas del sindicalismo de base (2004-2014) y las que prepararon las jornadas de diciembre de 2017. De la resistencia al ajuste de Milei, los gobernadores y el FMI.
Apuntamos a poner en pie una fuerza política capaz de llevar las grandes batallas de la clase trabajadora que vendrán al triunfo. Un partido que pelee para derrotar el poder del gran capital.
Como parte de esa pelea, reivindicamos el Frente de Izquierda y de Trabajadores Unidad, un frente electoral independiente, que desde hace 15 años levanta un programa anticapitalista, plantea la lucha por un gobierno de los trabajadores y defiende las banderas del socialismo internacional. En algunas ocasiones los partidos que lo integramos actuamos en común en las luchas. Además, damos una pelea en el Congreso Nacional, con posiciones independientes del oficialismo y de la oposición peronista. El FITU es el único bloque parlamentario que no le votó ninguna Ley a Milei. Es el único que denunció el genocidio en Gaza y llamó a romper relaciones diplomáticas con el Estado genocida de Israel.
Aun así, existen importantes diferencias que hemos debatido públicamente. Por ejemplo, alrededor de la guerra en Ucrania, donde IS y MST sostuvieron un “apoyo a la resistencia ucraniana contra Rusia” que implicaba, de hecho, estar en el bando militar de Zelensky y la OTAN. También sobre la intervención en sindicatos, centros de estudiantes y movimientos sociales, donde criticamos métodos burocráticos de dirección, que impiden el desarrollo de la autoorganización democrática. Frente al movimiento piquetero, esta diferencia se volvió más grave con PO y MST. Allí la asistencia social exige mayor control democrático común entre organizaciones independientes del Estado. Eso lamentablemente no ocurrió. Asimismo, venimos polemizando con el PO sobre la dura pelea en FATE. Allí, frente al lock-out y los miles de puestos de trabajo perdidos en el gremio, planteamos la necesidad de un verdadero plan de lucha, organizado en forma democrática. Además, recientemente tuvo lugar un debate alrededor de la movilización a 50 años del golpe del 76, donde IS y MST se sumaron acríticamente a una convocatoria que no denunciaba la enorme traición de la CGT a la lucha contra la reforma laboral esclavista ni el rol del PJ ante el avance de la derecha. También diferimos en la relación que debe existir entre la práctica sindical y la política, planteando que los sindicatos combativos deben impulsar la participación política de los trabajadores. Por ejemplo, dando pasos hacia la construcción de un Partido de Trabajadores. Estas diferencias son parte de los debates a dar si logramos conformar un Movimiento por un Partido de la nueva clase trabajadora.
Este Manifiesto lo ponemos a disposición de todos los compañeros y compañeras que quieran tomar las propuestas que hemos planteado en sus manos. Vos hacés falta. Te invitamos a militar por una nueva y poderosa fuerza política para cambiar la historia.
Vos hacés falta. Sumate a militar para cambiar la historia.